Me acabo de quedar sin palabras al leer esta noticia en Marca.
En ella se dice que tras hacer públicos los datos oficiales del accidente del piloto polaco, Robert Kubica, ni lo ingenieros se explicaban cómo podía haber salido ileso, ya que, al aprecer, el Hans (El collarín que llevan los pilotos) sólo soporta fuerzas de como máximo 45G y el impacto fue a 78G, a 230km/h.
El Vaticano, ni corto ni perezoso, rápidamente ha comenzado una “invesigación” (me río yo de sus investigaciones) sobre los milagros de Juan Pablo II, y Kubica podría ser llamado a testificar (En serio, no es broma ¿Os imagináis cómo podría ser la testificación? xD). Al parecer, el difunto Papa pudo haber tenido algo que ver en que saliera ileso del accidente, ya que su nombre está escrito en el casco del piloto.
Porque es más creíble que fuera Juan Pablo II gracias al cuál no le pasó nada a Kubica. Ni las normas de seguridad, ni las medidas de seguridad de los circuitos y de los coches, porque los ingenieros que se encargan de eso se dedican a comerse los mocos.
No se si me pasará sólo a mí, pero cada vez veo a la iglesia como algo más estúpido, innecesario y sin sentido…

Feed
Hace tiempo hablaba de cómo había conseguido 
¿Cómo quitar estas marcas del demonio de nuestros dulces (y varoniles) cuerpos? Pues es muy sencillo. De la mano de
No nos engañemos, cuando eramos pequeños no nos gustaban todas las series de dibujos animados. Es más, había algunas que no veíamos simplemente porque nos daban mal rollo. Era como si estas series vinieran acompañadas de una maldición, ya fuera por su temática, por sus openings, por cutres, o, simplemente, porque sí.











