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"Party & Co. Extreme"
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Cuando alguien se va.

Cuando alguien muere, piensas en ciertas cosas que ya nunca sucederán: un abrazo, una conversación… Es bastante parecido a cuando una persona sale de repente de tu vida, en cierta manera es como si muriera para tí, ya que hay cosas que nunca volverán a suceder. Ese beso, ese abrazo, esas caricias, nunca más. Pero no muere. Estás condenado a vivir ese momento tan desagradable que es el primer encontronazo, y el segundo y el tercero. Estás condenado a decirle “hola” cuando te la cruzas por la calle, mientras no sabes muy bien hacia donde mirar y piensas “tierra trágame”, sabiendo que todo el tiempo pasado ya no sifnifica nada, lo único que importa ahora es seguir adelante, mirar hacia el futuro, esperando que la chispa de la vida se vuelva a encender.

Te das cuenta de que no significas demasiado para esa persona cuando te dice que la próxima semana tiene que hablar contigo, y, a pesar de insistir en que te diga por qué, no dice palabra, como queriendo introducirte suavemente un cuchillo en el corazón, que te imaginas que terminará matándote, pero hasta entonces lo que te mata son las dudas de si sobrevivirás o no. Una semana habría tenido ese cuchillo en mi corazón de no ser porque la llamé, lo cual también resulta bastante triste: llamar a alguien para que te deje porque la otra persona no tiene los cojones suficientes para hacerlo, atreviéndose incluso a decir: “No me hagas decirlo”. No te jode, si quieres hago un monólogo y me dejo a mí mismo, por lo menos échale los cojones que tuviste para intentar mantenerme una semana en vilo. Si las razones por las que me dejas son otras guárdatelas, no quiero saberlas.
Y ahora, sólo queda olvidar.

¡Y vuelta a las andadas!

Por fin tengo la cabeza suficientemente bien después de la operación como para escribir algo aquí. Y es que estos días de atrás fueron bastante duros, sobretodo el día mismo de la operación. Sin embargo, el peor recuerdo que guardo de esta experiencia no tiene que ver con la nariz, sino con la espalda; es desesperante estar casi un día entero boca arriba, tumbado en la cama y sin poder moverte practicamente te deja la espalda destrozada.

La experiencia de ser anestesiado me pareció muy curiosa; te acuestas, te inyectan la anestesia, cierras los ojos e inmediatamente despues los abres mientras preguntas que tal fue la operación y sangras a mares por la nariz.(Esto último también es desagradable)

Me parece sorprendente la recuperación del cuerpo humano. Miércoles y Jueves chungo, Viernes menos, Sábado menos hasta hoy que es Domingo y estoy casi perfectamente.

Dejo para un último lugar el peor suceso de mi postoperatorio: una enfermera se equivoca el día que me operaron y en lugar de ponerle una inyección de anticoagulante al viejo de 84 años que estaba conmigo en la habitación, me la pone a mí, con la consiguiente noche entera sangrando por la nariz. Menos mal que sólo era eso, porque si fuera otra cosa no compatible con alguno de los medicamentos que estaba tomando podría haber quedado en el sitio. Yo hay gente que no se si sabrá la responsabilidad que conllevan sus trabajos y que influyen medicamente en las vidas de los demás.

Mi consejo: Preguntad TODO lo que os den u os inyecten.

Sueño #1

Habían pasado varios años desde la útlima reunión. Había sido en la boda cuando habíamos visto a todos por última vez, sin embargo, esta vez, el contexto era más extraño de lo que cabría esperar.

El coche, un Ford Scort azul del 91, continuaba su camino torpemente por el sendero del bosque, el cuál, a pesar de todas las habladurías del alcalde, quien dijo hace 3 años, en su discurso electoral, que iba a acondicionarlo, quitarle las matas y los arbustos de los lados e incluso asfaltarlo, sin embargo, seguía como siempre. Un sucio camino de tierra con arbustos de casi un metro de alto a los lados.

Que fueran las 2 de la madrugaba no ayudaba tampoco al viejo coche, ya que la niebla no permitía ver a más de un palmo del morro. Había que tener los 5 sentidos en el camino.

La Luna se veía de vez en cuando por entre las ramas de los árboles. Era una Luna amarillenta, siniestra, no era el tipo de Luna que esperaría para una noche romántica.

Tardamos alrededor de media hora en llegar a nuestro destino, pero los malos presagios no hicieron sino acrecentarse al ver el lugar de reunión: un viejo aparcamiento cubierto, en mitad de ninguna parte.

Un escalofrío rocorrió mi cuerpo. El aparcamiento más bien parecía un búnker de la guerra civil, pero las enormes letras que tenía escritas en la pared de hormigón: “Aparcamiento: 1 hora 5 pts” no dejaban lugar a dudas. El edificio era una mezcla entre un búnker y una nave industrial, pero lo que llamaba la atención era que su estructura a simple vista era perfectamente cuadrada, lo miraras desde donde lo miraras.

Entramos cuidadosamente en el aparcamiento. La entrada era rara y estaba muy envejecida por el paso de los años. Cuando entrabas, tenías que virar a la izquierda a no ser que quisieras chocar con un viejo camión oxidado y sin ruedas, que yacía inmovil fusionado con los muros de su tumba, ese aparcamiento.

Nunca se me olvidarán los coches que allí había aparcados. El primero que nos encontramos fue un todoterreno azul, a la derecha, aparcado contra el muro, seguido por dos deportivos, uno junto al otro, aparcados de espaldas a la entrada principal. El resto de coches estaban distribuídos por el fondo del aparcamiento.

Las circunstancias nos llevaron a aparcar el coche en el lado derecho del aparcamiento, de cara a la salida, pero, justo cuando se apagó el motor del coche, las luces de aquél sitio se apagaron.

Posiblemente el generador que suministraba energía al aparacamiento para “la reunión” hubiera entrado en cortocircuito, pero llegamos a la conclusión de que lo más importante es que no cundiera el pánico.

En el momento en el que encendimos las luces del coche un temblor sacudió todo el lugar. Sin duda no fue un buen presagio cuando cuando la pequeña Ana abrazó fuertemente a su osito de peluche.

 

bosque

Nos dispusimos a salir del coche cuando, en ese preciso instante el suelo se vino abajo. Las luces del coche parpadearon un instante, haciendo ver, durante una milésima de segundo, lo que parecía la silueta de una persona enfrente del coche, una niña rubia de largos cabellos.

Cuando desperté, me encontré a mi padre intentando coger algo del suelo, era una cosa pequeña, brillante, me era familiar y no hacía mucho que la había visto. Un escalofrío recorrió mi cuerpo al tocarla, y en ese momento recordé quién había sido el anterior dueño de esa llave: la niña.

No era un sueño, rezaba porque lo fuera, pero mis rezos no obtuvieron recompensa alguna. Allí estabamos, en ese maldito aparcamiento intentando salir de un coche atrapado en un agujero, y sólo unos salientes, los que sujetaban el coche en el vacío, separaban nuestra vida de la muerte.

Poco a poco, ayudándonos los unos a los otros, conseguimos salir del coche y subir hasta el primer piso del aparcamiento, cuando, para nuestra sorpresa vimos que no había nadie.

No había nadie, pero allí se percibían otras presencias a parte de nosotros, y eso nos empezó a poner nerviosos. Teníamos que salir de allí cuanto antes, y no seríamos nosotros los listos que atravesaran ese bosque andando en plena noche, así que empezamos a buscar un coche con las llaves puestas.

Ninguno las tenía. Nos vinimos abajo, perdimos toda la esperanza y nos dimos por perdidos, aquello sería nuestra tumba.

Pasado un momento, pensamos que esa llave, la que había encontrado mi padre, podría servir para algo, pero justo en ese momento vimos algo moverse en la oscuridad. Temblando, nos acercamos para ver lo que podía ser, y nos quedamos sin aliento al comprobar que fuera lo que fuera, no era humano.

Era una especie de ninfa, una mujer delgada, muy alta, que sólo tenía un largo pañuelo tapándole el cuerpo y, además, no tenía rostro. Se nos hizo un nudo en el estómago. A pesar de no tener ojos, sentíamos que tenía clavada su mirada en nosotros. De repente empezo a gritar y a moverse rápidamente de un lado a otro. Su grito, agudo como la sirena de una ambulancia fue suficiente para hacernos saber que teníamos que salir de allí como fuera, estabamos en un sitio impío en el que nunca debimos haber entrado.

Echamos a correr hacia el todo terreno azul que había a la entrada, era el único coche que no habíamos mirado, y teníamos la esperanza de que el destino nos sonriera y pudiéramos usarlo para escapar. Como por un impulso divino, introdujimos la llave que habíamos encontrado en la cerradura del corre, y para nuestra sorpresa entró perfectamente y el coche arrancó. Ibamos a salir de allí.

Estabamos a punto de salir cuando la puerta de la entrada se desplomó delante nuestro. Se hizo la oscuridad total. No había más salidas. La angustia nos invadió. Íbamos a morir.

Y se fue…

Hoy se va a estudiar fuera una persona muy importante para mí, y me da mucha pena a pesar de que las condiciones no son tan adversas como habrían sido de haberse ido a estudiar a otro sitio…y de vivir en otra residencia.

Seguro que mientras escribo ésto no se habrá ido todavía, o sino estará ya ” de marcha”, pero soy tan sumamente pijotero que ya la echo de menos.:)

Esa sensación

Esa sensación de desasosiego y tranquilidad que siento cuando estás junto a mí, que tiende a verse empañada por los momentos de tristeza en que estamos lejos el uno del otro, pero que se ven recompensados cuando te beso y vuelvo a ver tu sonrisa.
Gracias.

¡Y año y pico!

El caso es que hace unos días (9) hice 1 año con la mocina…¿mocina no suena a morcilla? Es igual, el caso es que es la primerísima vez que estoy con alguien tanto tiempo, y si lo del chip cerebral merece mención, ésto lo merece el triple…¡Aguantarme a mí! Jejeje.
A partir de Septiembre nos separamos( en distancia), a ver que tal va la cosa y si no hace mella. :)



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