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Hace unos meses que mi iPhone decidió que ya estaba cansado de conectarse a redes de datos y que 6 horas de duración de batería eran más que suficientes. “Mierda”, pensé. No tenía ganas de cambiar de móvil porque este, a pesar de todo, funcionaba perfectamente. Además, no me apetecía hacer un gran desembolso en algo que apenas utilizaba para enviar unos cuantos mensajes, leer algunos blogs, redes sociales y poco más. ¿Qué podía hacer?

En primer lugar, me pareció lógico pensar qué era lo que verdaderamente necesitaba teniendo en cuenta el uso que le doy al teléfono.

  • Leer blogs utilizando su RSS.
  • Redes Sociales: Twitter y Facebook.
  • Sacar fotos de vez en cuando y grabar vídeos.
  • Navegar por Internet.
  • Ver vídeos.
  • Google Maps.
  • Mensajería instantánea: Telegram, Whatsapp, Hangouts.
  • Gestores de tareas: Wunderlist.
  • Calendario.
  • Gestores de contactos.
  • Gestor de notas: Google Keep y Evernote.
  • Escuchar música: Spotify, Google Music, Deezer…

No es mucho, ¿Verdad? Después de mucho cavilar, me decanté por un Moto G 2014 LTE (Esto último por error, pues no sabía que existía un modelo 4G y otro 3G dual sim, lo cual me habría venido de perlas).

El caso es que este móvil parecía cumplir perfectamente mis expectativas: era “relativamente” potente, su pantalla no resultaba descomunal para los que venimos de un móvil de 4” y no lo iba a utilizar para tareas demasiado exigentes.

Iluso de mi, parece que el concepto que tengo de power user ya está anticuado, obsoleto. Si bien pensaba que todas las tareas listadas arriba eran lo mínimo que cualquier usuario podría pedirle a un teléfono hoy en día, mi recién estrenado móvil no opinaba lo mismo y me avisó por medio de numerosos cuelgues cuando la música se reproducía en segundo plano mientras leía algunos posts en Feedly.

motog_memoria

En ese momento (Y cuando me percaté de que el teléfono tenía un 70% de consumo de RAM continuo y unos 3,5GB libres de 5,85) fue cuando me percaté de que quizás el móvil se me iba a quedar corto.

1GB de RAM, 8GB de almacenamiento interno y una tarjeta SD de 16GB. La misma memoria que mi iPhone 5 y algo menos de almacenamiento que el idem. ¿Qué estaba pasando ahí dentro?

Fue entonces cuando empecé a buscar la manera de solucionar los problemas del móvil. Lo primero que hice fue descargarme Greenify, una app que pone en hibernación las aplicaciones en segundo plano para evitar que consuman RAM. Cuando pensé que estaba instalada y que no tendría que hacer nada más, descubrí que la aplicación, para funcionar correctamente debía tener permisos root, por lo que tuve que leerme unos cuantos manuales para aprender a hacerlo.

Después también aprendí que para ser root había que desbloquear el bootloader, lo que anulaba la garantía del dispositivo. Genial.

Esto es Android, gentlemen.

Desgraciadamente, tras tomar estas medidas los problemas continuaron y fue entonces cuando leí en un foro que por lo visto se trata de un problema bastante común del terminal, que no gestiona bien la memoria.

Recapitulando, tenía un móvil recién comprado que no servía para  lo que yo quería, pero que debería hacerlo sin problemas y al que ya había anulado la garantía, por lo que no tenía posibilidad de devolverlo. Tocaba seguir buscando soluciones.

Si tenía poco espacio en la memoria interna y encima el teléfono gestionaba mal la memoria todo apuntaba a que un cambio de ROM -una de las cosas que no quería hacer cuando me compré el teléfono- podría ser la solución, así que me decanté por AOSP (Android Open Source Project) porque se trataba de una ROM supuestamente ligera que solamente incluiría lo básico.

Me duró un día.

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Que fuese ligera no significaba que fuese robusta. Problemas al conectar el teléfono al ordenador y que este fuese detectado una de cada tres veces, unido a otros problemas que no recuerdo, me hicieron recular.

¿Siguiente parada? Revisar los foros de XDE developers a ver si encontraba otra ROM que se ajustara a mis necesidades. ¿El resultado? Cyanogenmod.

Tras varias instalaciones de diferentes custom recoveries conseguí instalar Cyanogenmod desde las nightlies (otro nuevo término que añadir al diccionario) de su página oficial. Desde entonces, es la ROM que utilizo y todo funciona – aparentemente – correctamente. Sigo teniendo los mismos problemas con el espacio libre, pero parece que los problemas de gestión de memoria se han solucionado y que el sistema no se cuelga. A cruzar los dedos y esperar que dure.

Después de todo este tochazo, cabe a bien preguntarse qué habría hecho un usuario sin conocimientos en este tipo de materias ante una situación como esta. ¿Realmente es Android una plataforma aceptable para los usuarios más básicos o he sido yo el que ha pecado de optimista al comprar un móvil que presuntamente se me queda corto de serie? ¿Merece la pena gastarse 500 euros en un teléfono que apenas va a durar 2 ó 3 años hasta tener que cambiarlo? ¿Tenemos los usuarios una alternativa?